martes, 16 de junio de 2009

Visita a la Ciudad Roja


Viajo a Marruecos por casualidad. Es lo que tiene viajar con comprañías de bajo de coste, que a menudo (al menos para el caso de becarios precarios, mileuristas con hipoteca y similares) eliges destino no por el lugar en sí, sino por la oferta de turno que te propone la aerolinea. Con Marraquech, podemos decir que fue una suma de factores: vuelo barato + bajo presupuesto + pocos días de vacaciones en una semana muy concreta + NECESITO ESCAPARME UNOS DÍAS POR DIOS = escapada a Marrakech. No sé si fue el destino, la casualidad o la mano de Fátima que nos cojió por el pescuezo, pero la ocurrencia de elegir Marruecos se perfiló desde el momento en que imprimimos los billetes electrónico como una muy buena idea.

No viajo sólo. Lo hago con mi compañera infatigable de ryanair/ easyjet, M.C. (cuya identidad no irá más allá de estas siglas por timidez de la susodicha). Puede decirse que M. C. es mi pareja de hecho declarada para viajes y, a veces, (y por exigencias de hotel) también los es de lecho. Es mi amiga y la verdad es que es quien suele llevar los pantalanes en nuestra peculiar pareja.

Me doy cuenta de lo especial del viaje nada más tocar suelo marroquí. Es mi primera vez a un país con una cultura muy distinta a la mía, aunque en ese momento aún no lo sé. Ya conozco Estambul, pero muy pronto me doy cuenta de que no estamos hablando de nada que se parezca. La antigua (y todavía para los griegos ) Constantinopla se yergue en el Bósboro como un híbrido entre Oriente y Occidente; un punto de encuentro entre ambos mundos. Sé que es recurrir a un tópico muy recurrente, pero es que es la realidad. Sólo en Estambul puedes apreciar la Mezquita Azul mientras te vas alejando de ella en un moderno tranvía, o tomarte un delicioso té de rosas en un pintoresco salón tras haber engullido una cuarto de libra con queso en el McDonalds de la esquina. Y es ésto (más un sinfín de cosas más) lo que hace especial a la capital turca por encima de otras ciudades del mundo. Lo cierto es que me pareció ver por internet desde casa que Marrakech contaba con un McDonalds. Creo que sí que existe, aunque nunca llegué a encontrarlo.
Pero, como digo, Marruecos es otra cosa. Ya me lo advirtieron, pero yo -que me creo más viajado de lo que soy- no les creí. Empiezo a darme cuenta de ello cuando el avión pierde altura para el aterrizaje. Casi en medio del desierto, la ciudad se perfila ante mí como un laberíntico entramaje de calles y casas, la mayoría con su patio central y, todas ellas, rematadas con sus respectivas antenas parabólicas. A lo lejos, puedo ver el legendario Atlas, cuyo nombre evoca en mi mente leyendas ancestrales y caravanas de bereveres comerciantes.

Ya paseando por las calles de la Ciudad Roja -toda gran ciudad tiene su adjetivo- tengo mi primera toma de contacto. Lo primero que siento es calor, mucho calor, 42º C para ser exactos (estamos en pleno mes de agosto, el más barato para viajar a Marruecos). Sin embargo, es un calor seco, bastante soportable. Lo segundo que experimento es un gran desconcierto ante el caos que se abre ante mis ojos: calles polvorientas (las más estrechas sin nombre, iguales entre sí), bullicio de gentes, taxis destartalados, viejas motocicletas, bicis oxidadas, carros tirados por burros, numerosos mendigos que yacen en el suelo (cuya existencia se hace necesaria para el cumplimiento de uno de los mandamientos del Islam; el de la limosna). Todo ello me confirma, ya de una vez, que nunca he estado antes en Marrakech ni en ninguna ciudad que se le parezca.

La propia morfología de la ciudad es uno de los principales problemas que ofrece Marrakech al viajero (y más aún para quien -como el que escribe- carece de cualquier sentido de la orientación). Los mapas convencionales resultan inútiles y cuesta un gran esfuerzo hacerse con las calles (y con las calles me refiero únicamente a saber dónde está tu hotel). Pero es que cuando cae la noche la ciudad se transforma y todo lo que has aprendido por el día ya no sirve para nada. Las tiendas y puestos callejeros -de las pocas referencias espaciales que te ayudan a no perderte- desaparecen y la deficiente iluminación pone el resto. Tan sólo la primera noche logramos llegar sin perdernos al hotel. De hecho, nadie creyó nuestra hazaña (hay una máxima para todo turista/ viajero: el primer día SIEMPRE te pierdes en Marrakech). Pero todo debió deberse a la suerte del principiante, pues el resto de los días y siempre, en un último quiebro, una calle gemela a la correcta o el desplazamiento de nuestra ruta por arte de magia, siempre hacía que tuvieramos que recurrir a una ayuda autóctona.

El alojamiento es otro tema digno de ser comentado. Yo suelo ser bastante básico en cuanto a las prestaciones de los hoteles (y con hoteles quiero abarcar moteles, pensiones, antrazos, etc...). Tan sólo pido que la que va a ser mi casa por unos días sea razonablemente céntrica y cuente con algunas mínimos (tampoco muchos) de tipo higiénico. Pero los ryads (los típicos hoteles marroquíes) hacen, al menos conmigo, que te tragues tus principios de viajero progre y desarraigado y te dejes embaucar por sus patios, fuentes, cascaditas, plantas y decoración en general, que hacen que te sientas como un sultán cuando tampoco te has dejado un sueldo en ello.
Todo el mundo coincide en que el centro neurálgico de Marrakech es la plaza de Jemaa el Fna, llamada por sus moradores autóctonos simplemente como "la plaza", no sé si porque es la plaza por antonomasia para ellos o porque su intención es evitar oir cómo los extranjeros intentamos pronunciar sin éxito su nombre. Lo cierto es que se me hace muy difícil describir cómo es Jemaa el Fna, sobre todo, por la noche. Al caer la noche, Marrakech se desahabita; todas sus calles se presentan ahora solitarias, todos los artesanos y tenderos ponen fin a su jornada de trabajo y los turistas parece que se retiran a sus hoteles. Si caminamos hacia Jemaa el Fna veremos que ésto no es del todo cierto Lo que hace la noche de Marrakech es condensar a todos sus pobladores en un único lugar: la plaza.
Pero ni mis palabras ni cualquier imagen que veamos en Google nos ayudan a entender Jemaa el Fna en toda su magnitud. Para ello, es necesario tomar un café o un té en cualquiera de sus terrazas con vistas y pasear, perderte por sus puestos y espectáculos callejeros. Sólo así entiendes otra regla básica de la ciudad: todo en Marrakech se rige por el sentido del olfato. Todo en Marrakech se huele: desde la comida que vas a comprar en cualquier puesto del bazar hasta otros olores más "involuntarios", algunos placenteros y otros más desagradables. Podemos pasar en un abrir y cerrar de ojos del exótico aroma de las especias al más nauseabundo de los tufos en cualquier esquina. Pero es infinita la gama de olores que nos depara Marrakech: sus tenerías donde sus trabajadores tratan las pieles, el cuero recién trabajado en los suks o zocos del cuero, el de los puestos con carne en cuestionable estado de conservación, el del hierro candente de los artesanos del metal, el de las calles con orín, el de la menta que te ofrecen los niños al entrar en el barrio de curtidores, el de una comida casera, el de los tubos de escapa de las anticuadas motos, etc...

Al igual que sus olores, Marrakech es una ciudad de extremos: Marrakech te gusta o no te gusta, pero no te deja nunca indeferente. Pero creo que incluso para los que nos identificamos con el primer grupo, Marrakech, al igual que un amante exigente, te pone a prueba y te gana, al menos por un momento. Creo que para quienes no habíamos estado en una ciudad islámica parecida a Marrakech, ese momento llega al final de tu primera jornada en la ciudad, o al menos, eso es lo que me sucedió a mí. Cuesta digerir tanto ofrecimiento a llevarte a casa por unas pocas dirhams (o muchos, si cuela). La insistencia de vendedores, restaurantes, guías y otros ofrecimientos más ilegales me desbordaron al acabar el primer día. Lo ideal es adoptar un actitud educada con todo aquel te hable, pero sin seguirles mucho el rollo. En ese caso, serás carne de cañón y, o acabas asesinando a alguien o bien te fundes todo tu presupesto en los suks. Lo mejor es buscar el quilibrio. Creo que si no nos hubieramos dejado guiar por un simpático niño a cambio de unos dirhams todavía estaríamos vagando por el Mellah -el barrio judío- en busca de su sinagoga.

Y es que, pese a existir ciertas normas municipales para que los vendedores se moderen un poco en su trabajo, lo que realmente me sorprendió fue cómo, sin abrir la boca (y yo, que tengo unas facciones nórdicas más que hispanas) saben qué idioma hablas. Esta identifación del idioma es el primer paso de un complejo ritual. Luego viene la fase de chascarrillos, relacionados con los equipos de fútbol españoles, que si eres catalán- berever, que si lo que vende es bueno como en El Corte Inglés y barato como el Carrefour, etc... que te hacen sentir especial por un instante. Poco depués ya te das cuenta de que el esquema es el mismo para todos los extranjeros; el italiano tiene al Inter de Milan y a Berlusconni, el francés a Sarcozy y a la Bruni, etc. Es sólo una técnica para ganarte la simpatía del sujeto y que te relajes en tu puja.

El ritual de la compra se hace difícil (al menos para gente facilmente influenciable como yo y que no puede pensar bien si quiere comprar algo o no si no lo dejan de hablar). Menos mal que tenía a M. C. (Fátima Berever en adelante), que era quien llevaba las riendas en cuanto a compras se refiere, siempre y cuando el vendedor se prestara a negociar con una mujer.

Aún contando con un hacha para las negociaciones como Fátima berever (y asumiendo micos como el de que el precio real del producto es un tercio de lo que el vendedor te dice), se recomienda que si se quieren hacer comprar importantes (más allá de bolsos falsos o souvenirs) se curiosé por la red antes de emprender el viaje. Más que nada para ir oteando a cuánto está la alfombra o la lámpara de cobre en Marruecos, ya que resulta complicado ponerle precio a las cosas cuando ningún artículo tiene etiqueta.

Por todo esto y mucho más el gran atractico de Marrakech no reside en sus monumentos y museos, que los tiene, y algunos de ellos de obliagada visita. Así, no debe de perderse uno la Madrasa Ben Youssef (resaturada recientemente), los palacios Badi y Dar el Glaoui, la muralla, las Tumbas Saadíes, el museo de la ciudad y la mezquita Ben Yussef (único vestigio almorávide de la ciudad). Pero me reitero en que la magia de Marrakech no es tanto su oferta monumental como sus pequeños detalles. Sorprende más encontrarte con una pequeña mezquita de barrio y asomarte disimuladamente a ella (las mezquitas marroquíes no son visitables por los turistas) que la gran Mezquita Kutubia (por otro lado, muy bonita). Caminar por el zoco de los herreros, o visitar una tienda de lámparas con el taller anexo donde los trabajadores trabajan el metal te proporciona toda una sensación atemporal.


Recomiendo a todo aquel que viaje a Marraquech la lectura de una obra muy breve de Elias Canneti (1905- 1994). El libro es Las voces de Marrakech. Impresiones de viaje. En él, el autor de origen sefardí recoge vivencias y sensaciones muy concretas que experimentó en su primer viaje a la ciudad africana. Canneti se detiene en el detalle y en la anécdota de una ciudad de la que él mismo afirmó que apenas conocía nada (aunque habría que establecer que es no conocer nada sobre una ciudad para un Nobel de literatura...). En todo caso, esta idea se me marca como base para un futuro experimento. Soy de los partidarios de averiguar todo lo que se pueda sobre el lugar al que vamos a viajar (literatura de viajes, novelas, películas...). Creo que conociendo la Historia e historias de un lugar le podemos sacar un mayor provecho (hay algún amigo que cree que así el destino te sorprende menos, de lo que no estoy de acuerdo del todo). Pero la idea de desplazarme a un país del que apenas sepa nada (tal vez algún que otro detalle, como si está inmerso en una guerra civil o similiar) y que ningún prejuicio (en el sentido literal del término) pueda afectar a las impresiones que ese lugar pueda despertar en mí me parece cuando menos una idea muy atractiva.

Pero antes queda pendiente un regreso a Marruecos, en un viaje que se adentre en el desierto y en el Atlas, más allá de sus grandes ciudades. Tampoco ésta se perfila como una mala idea.

domingo, 14 de junio de 2009

sábado, 28 de marzo de 2009

sábado, 6 de diciembre de 2008